PRIMERA MUJER ARBITRO DEBUTA EN EL PROFESIONALISMO COLOMBIANO.

(Tomado de El Tiempo, Bogotá). Abril 18. Había rumor de lluvia cuando Marta Liliana Toro pisó con su pierna derecha, por aguero, el verde pero maltrecho pasto del estadio Olaya Herrera, en el sur de Bogotá. Las mujeres de la tribuna la admiraron, los hombres la ovacionaron.

Una corte de periodistas la siguió hasta el centro de la cancha. Ella iba acompañada de sus árbitros asistentes, que más bien parecían sus guardaespaldas, y dijo: "Atrás, señores". La prensa se fue despavorida.

Tomó el pito con su mano izquierda, se lo llevó a la boca y sopló mas fuerte que nunca. Su otra mano, a la par, se elevaba para indicar "jueguen, muchachos".

Eran las 4:00 p.m. del pasado sábado. Más que un encuentro futbolístico se iniciaba un sueño; sueño del cual eran testigos expectantes unas mil almas que se apostaban en las graderías. Marta Liliana Toro impartía justicia en un juego de la segunda división, Copa Cerveza Aguila, entre el local El Cóndor y el Cooperamos Tolima. que terminó 0-0. En los cobros desde el punto penal, ganó 4-2 el visitante.

Una hora antes, en un oscuro y modesto camerino, al cual había llegado tarde por los trancones, se refugiaba de la prensa porque "me asustan más los micrófonos que los jugadores".

Mientras se aprestaba a asumir el reto de convertirse en la primera mujer árbitro profesional de Colombia, algo que empezó a gestar en Tunja cuando estudiaba licenciatura en Educación Física, pasó tenuemente sobre su boca un pintalabios rojo. "La vanidad es algo que va conmigo, fuera y dentro de la cancha", dijo esta mujer de palabras cortas.

Con la prensa, ante el asedio, fue enfática: "Los protagonistas son los jugadores, yo solo vengo a ver que cumplan con la ley". De ellos, solo se atrevió a decir: "Me agradan los que tratan bien el balón, pero odio a los que son marrulleros y malintencionados".

Y los que estaban atentos de sus pasos, sobre la mala cancha del Olaya, así lo sintieron cuando al minuto 16 del primer tiempo envió a las duchas al zaguero de El Cóndor Marcos Riascos, por propinarle una violenta patada a Luis Escobar Aguirre. "La falta fue descalificadora", dijo ella. El defensa dio su versión: "Primero me mostró amarilla, pero al ver sangre en la pierna de Escobar, se asustó y me echó".

La pequeña mujer -nació en La Dorada (Caldas) y vive en Valledupar- gritaba: "Con la pelota quieta, con la pelota quieta", para el cobro de un tiro libre. "Señores, si siguen así, se van de roja". Les dijo a dos jugadores que se sujetaban. Entre tanto, sus manos señalizaban con claridad qué era lo que había sancionado.

Antes de saltar al gramado, Marta Liliana se acomodó sus aretes dorados, se metió la camiseta negra entre su pantaloneta y pasó levemente un cepillo redondo sobre su cabello lacio. Estaba lista para cumplir su sueño, pero antes, como siempre lo hace, pensó en la imagen de su mamá, Blanca Pardo.

"Mi mamá y Dios. A ellos siempre los tengo presentes antes de cada juego", manifestó la mujer, que tiene 29 años. Al terminar el partido, ocasión para la que no estrenó ni tarjetas ni pito -usó lo de siempre-, los 21 jugadores de la cancha la felicitaron. Sobre su frente corría el sudor y al preguntársele por su labor en el partido se fue diciendo "eso lo juzgan ustedes".

En la tribuna los hombres no cesaban en sus aplausos. "Arbitro lindo; árbitro papacito. Ojalá nunca tengas las mañas de los hombres", gritó un aficionado.

Volvió a su camerino, hizo ejercicios y solo se bañó después de que sus auxiliares abandonaran el lugar. "Dios no me falla, por eso no le tengo miedo a nada", dijo esta estudiante de Lenguas Modernas en Valledupar, quien no tiembla por mostrar rojas o señalar penaltis.