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Durante
la semana no se había hablado de otra cosa: Juventud Antoniana de
Salta recibía a Atlético Ledesma de Jujuy en uno de los clásicos
del Norte y los comentarios previos se habían robado el sueño de
la sagrada siesta y quebrado el tedio de las sofocantes tardes. No
era para menos: se jugaba algo más que el camino hacia el
Nacional B, aquel domingo 10 de enero de 1988 estaba en juego el
honor de las provincias. Y en Salta a nadie se le cruzaba por la
cabeza una derrota: qué nos van a ganar esos jujeños, era el
comentario por la plaza y a la salida de la iglesia. Nadie
imaginaba el absurdo y escandaloso epílogo del que serían
testigos.
Faltan sólo cinco minutos. El partido está 2-2. Aunque nadie lo
crea, Ledesma se lleva un punto de Salta. Ahora la tiene Agüero,
volante de los visitantes: busca enfriar el trámite. En una de ésas
se le ocurre meter un pase en cortada para Gustavo Gherbis que
queda solo frente al arquero Vargas y, de cara a los hinchas
locales, no tiene mejor idea que ponerla al ladito de un palo.
Golazo. Todos piden offside pero el árbitro, Osvaldo Pisapia, al
ver que el línea Augusto Mounes no levanta el banderín, marca el
centro: 3-2 para el visitante. Estupor general, epidemia de
infartos... Sumergido entre abrazos y puteadas, el inconsciente de
Gherbis no se imagina todo lo que semejante insolencia
desencadenará.
Si minutos antes era difícil digerir un empate "contra esta
murga", una derrota resulta inadmisible para los hinchas de
Antoniana, que empiezan a tirar con lo que tienen a mano. El más
buscado es Mounes, maleducado que no levantó el banderín para
hacer lo que se acostumbra en estos casos, en los que cualquier línea
que aprecie su vida sabe que, faltando cinco minutos, tiene que
levantar la banderita y cortar el avance visitante porque no es
conveniente andar jugando con los nervios de los muchachos de la
popular. "Yo, con toda la hinchada local atrás —cuenta
Mounes—, quería que ganara Antoniana por ocho goles, pero qué
iba a hacer, si el de Ledesma estaba habilitado por tres metros.
Ahí nomás me dieron un botellazo en la espalda que me derribó,
y Pisapia debió suspender el partido".
Entre una lluvia de piedras y damajuanas, la terna arbitral busca
refugio en el vestuario. "Al entrar —cuenta el línea
Mounes—, había tres policías salteños que, pobrecitos,
estaban más pálidos que nosotros. Ahí nomás, un grupo de
hinchas vino a pegarle patadas a la puerta. Estaban
descontrolados, nos iban a matar. Entonces, cuando se iban a
meter, Pisapia, que era subcomisario de la Federal, sacó la 45
reglamentaria, que como cualquier policía debía portar siempre,
y se la puso en la cabeza a uno de los tipos. Recién ahí
retrocedieron un poco. Si Pisapia no hacía eso, creo que nos
mataban. Enseguida se decidió que la única manera de salir vivos
era seguir con el partido".
"Al árbitro iban a matarlo —cuenta Gustavo Cil, delantero
de Antoniana—. Desde nuestro vestuario, se escuchaban las
patadas que los hinchas le daban a la puerta. Luego, cuando decide
reanudarlo, me le acerqué para ver si había cobrado el tercer
gol de ellos y me dijo que no me preocupara, que ya estaba
anulado. El tema es que la bronca venía de antes: el día
anterior, dirigentes de Ledesma le habían pagado al árbitro un
tour por el Cafayate para que fuera con su esposa. Eso no implica
que estuviera arreglado, pero pesó en el ánimo de la gente. Es
que en los Regionales pasaba mucho: cuando podían, los dirigentes
arreglaban un paseíto con los árbitros...".
Después de 20 minutos suspendido, Pisapia vuelve para reanudar el
partido pero sin el línea Mounes, que se queda en el vestuario.
El tipo tuvo las agallas suficientes para no levantar el banderín,
pero tampoco tiene vocación suicida: sabe que si se asoma, lo
linchan. El árbitro anula el gol de Ledesma cobrado hace apenas
un ratito y sanciona offside. Los ánimos, al fin, se calman.
—Escúcheme bien —le dice Pisapia a González, capitán de
Ledesma—. Vamos a seguir como si hubiera anulado el gol, pero en
el informe a la AFA figurará 3-2 para ustedes. El partido ya fue
suspendido por los líos, ¿me entiende? Se terminó. Pero sigamos
jugando. Si no lo hacemos, ni ustedes ni nosotros salimos vivos de
acá.
"Decidí anular el gol —dice Pisapia— para que la
hinchada y los jugadores locales creyeran que seguía 2-2. Había
sido un golazo y válido, pero con los de Ledesma hicimos la
parodia de que estaba anulado y de que el partido continuaba. En
ese momento no pensé en cuestiones reglamentarias: si había
vidas en juego...".
Se juegan los minutos restantes. Para el árbitro y los jugadores
visitantes el partido ya está suspendido: terminó 3-2. Los de
Antoniana se irán creyendo que empataron. "Fue una estafa
—dice Cil—: recién me enteré días más tarde de que habíamos
perdido".
"Luego de anular el gol, todo fue normal —relata
Pisapia—. Finalmente, días después el Consejo Federal de la
AFA se lo dio ganado 3-2 a Ledesma, pero como pasa siempre a los
salteños no les suspendieron la cancha ni nada. Es feo engañar a
la gente, pero estoy seguro de que si daba ese gol era lo último
que hacía". |
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